Historias de vida: Las frías noches de invierno

Historias de vida: Las frías noches de invierno

En 2013, la Fundación Tutelar FECLEM conoce a Antonio. Un juez cita a la Entidad para valorar su caso y asumir su tutela parcial o curatela. Habitualmente él es un hombre tranquilo, educado y preocupado por sus tierras y su casa del pueblo. Le encanta pasear solo y disfrutar del paisaje de la tierra que le vio crecer.

Antonio, de 45 años, se sienta a la lumbre en su vieja y desastrada casa del pueblo. Se calienta esas manos talladas por el campo mientras observa los surcos que el duro trabajo ha dejado en su piel. Se evade rememorando su época de empresario agrónomo, un autónomo que intentaba lidiar con las adversidades del campo todos los días, pero que por su falta de constancia o por sus decisiones o por quién sabe qué, desatendió su negocio.
No tiene padres, ni hermanos, ni pareja, su casa es la de su familia, una casa de la que no se hace cargo de los gastos, ni el IBI, ni basuras… en realidad, no le importa. Como no le importa no haber tramitado la herencia de sus padres para que la casa de su niñez ahora sea suya. Le da igual, nadie le va a sacar de ahí.

 

 Es un hombre con la salud de un roble y, aunque a veces ha tenido que ir al médico, él no se encuentra mal.

En la localidad vive su tía Claudia a la que hace ya bastante tiempo que no visita, tiene muchos años y sus problemas de salud hacen más difícil que mantengan una buena relación.
Su dejadez y, en cierto modo, su soledad, le han llevado a residir en una vivienda en la que ya no hay luz, ni agua caliente, ni calefacción, sólo recuerdos de épocas pasadas. Además, la casa es antigua y no dispone de baño. Tampoco es inconveniente para Antonio, está acostumbrado. Pero las condiciones de habitabilidad no existen aunque él no sea consciente de ello. Lleva sobreviviendo así más de diez años, es un hombre fuerte de campo con la salud de un roble y, aunque a veces ha tenido que ir al médico, él no se encuentra mal. A veces va al bar, aunque no juega la partida porque tampoco tiene mucha afinidad con sus vecinos. Con algunos de ellos ha tenido algún encontronazo que ha conllevado una citación del juzgado a los pocos días. Las riñas vecinales no le quitan el sueño pero sí los hombres entraron en sus tierras a medir quién sabe qué diciendo que pertenecían a una entidad oficial y eso le sacó de sus casillas hasta el punto de apedrear el aparato medidor. No acudió tampoco a la citación pertinente, para él no era relevante. Lo que le interesaba era saber porqué pusieron aquellos aparatos… y con esos pensamientos se envolvía antes de dormirse acunado por sus malos presagios.
Sigue trabajando su huerto cuando le apetece. Esa tranquilidad le ayuda a dormir mejor por la noche aunque haga frío en casa y le acunen los vestigios de su enfermedad.

En 2013 todo cambia, avisado por los Servicios Sociales, un juez nombra tutor (curador) a FECLEM y comienza el trabajo para abrirle los ojos y conseguir mejorar la calidad de vida que tiene. Cuando llega FECLEM, Antonio les atiende con esa cordialidad que le caracteriza pero pone sus condiciones: no quiere dejar su casa, allí se encuentra cómodo aunque no disponga de los servicios básicos. Es a lo que está acostumbrado y romper su rutina diaria se le hace muy duro. El psiquiatra creyó aconsejable que saliera de su casa y que comenzara a relacionarse con otras personas, porque sus habilidades sociales apenas existían. De momento, no se había logrado. El psiquiatra le trata desde 2001, momento en el que fue diagnosticado de esquizofrenia paranoide. Durante los últimos 10 años ha precisado de varios ingresos hospitalarios en psiquiatría pero el seguimiento es irregular porque él no tiene conciencia de su enfermedad y “si no estás malo, para qué vas a ir al médico”. Pero la Fundación sabe que hay que romper con esa forma de vida y decide que ha llegado el momento de cambiar de vivienda y conseguir un seguimiento óptimo de su enfermedad. Su tía está de acuerdo, el psiquiatra está de acuerdo.

 

 El seguimiento es irregular, no tiene conciencia de su enfermedad: “si no estás malo, para qué vas a ir al médico”.

En 2015, Antonio acepta la idea de ir a una vivienda supervisada y compartir piso con otras personas, al menos durante el invierno, que en su casa hace mucho frío. Este fue el primer paso. Ahora ya está acostumbrado a su nueva vida, y aunque echa de menos su pueblo, se ha abierto a nuevas actividades y acude al centro ocupacional regularmente.
Para el control terapéutico, la Fundación lo acompaña una vez al mes a su cita con el psiquiatra. Económicamente está mejor, tiene ingresos que le permiten estar tranquilo y con todo lo que necesita. FECLEM ha tramitado su Dependencia y una pensión de incapacidad permanente. Se han regularizado los pagos de su casa del pueblo y se le ha dado de baja en el Régimen Especial de Trabajadores por cuenta propia. Además, su casa del pueblo ya es legalmente suya, el papeleo está arreglado.

Los profesionales de la Fundación le han acompañado al juzgado para que responda por los cargos que se le imputaban y él ha apechugado, sabe que es lo correcto. El juez le impuso una multa y tratamiento ambulatorio. “Es lo justo para cumplir”, piensa.

 

Acude a su casa del pueblo en primavera para dar unos buenos paseos por esos parajes que tanto le gustan. 

Una vez descargado de todos estos problemas, y gracias a sus esfuerzos, ha empezado a relacionarse con los compañeros de los talleres y hasta le parece que los profesionales que le atienden son agradables aunque “nunca hay que fiarse demasiado”. Acude a su casa del pueblo en primavera para dar unos buenos paseos por esos parajes que tanto le gustan. Ya no siembra su huerto pero recoge los frutos de la confianza que ha depositado en FECLEM.
Ahora es más responsable de sus actos, tiene a gente en casa con la que hablar en las frías noches de invierno, sabe que esto ha conllevado un incremento en su calidad de vida. Y además, es consciente de que sus tutores le apoyan y que tiene más autonomía, aunque no siempre lo reconoce. La libertad de su casa del pueblo se había convertido en su cárcel. Ahora tiene nuevas perspectivas y sabe que sus tutores le ayudarán a seguir fortaleciendo los cimientos de su vida.

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